GUADALAJARA, México, www.cubanet.org -No hay una falta de
ortografía en el título de este artículo. Así eran conocidos los campos
de concentración y trabajos forzados militares que tenían (o tienen
aún) las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de Cuba: C.E.I.S., que
son las siglas de: “Centro de Entrenamiento Intensivo del Soldado.”
Lo curioso es que el entrenamiento intensivo al que eran sometidos
allí los reclutas del Servicio Militar General (SMG) no era para
formarlos en las técnicas de combate, o para especializarlos en el arte
de “defender a la patria”, sino para “reeducarlos”, o más bien para
someterlos a la obediencia cuando no cumplían a cabalidad con lo que se
esperaba de ellos. Este entrenamiento consistía en torturas
basadas en el agotamiento físico extremo y el dolor corporal.
Cuando los soldados cometían reiteradamente indisciplinas, como fugas
de la unidad militar, insubordinaciones, o incumplimiento en las
guardias, eran enviados como castigo a estos lugares, que se encontraban
diseminados por todo el territorio nacional. Si mal no recuerdo,
algunos cercanos a la capital se encontraban en lugares como: San José
de las Lajas, Managua, o Punta Brava, entre otros.
La decisión de mandar algún soldado a estos centros la tomaba su jefe
de pelotón o de compañía y debía ser avalada por el Jefe de Unidad.
Cuando esto ocurría, el soldado era apresado para que no escapara al
conocer lo que le esperaba, y conducido en un jeep militar hacia su
destino.
Yo nunca fui a una de esas prisiones, pero si tuve varios compañeros
que pasaron por allí (de los “llamados”: 27, 271/2, 28 y 28 1/2, entre
los años 1991 y 1993) y escuché muchos relatos sobre lo que tuvieron que
soportar.
Los levantaban muy temprano en la mañana, entre gritos y ofensas. De
desayuno les daban un poco de agua con azúcar, que debían beber en menos
de un minuto, e inmediatamente empezaba el entrenamiento diario bajo el
fuerte sol, con casco, pechera con cargadores, fusil, careta antigases,
etc. Toda la mañana los mantenían haciendo ejercicios hasta el
agotamiento y sin descanso, por lo que muchos no lo soportaban y se
desmayaban, entonces eran conducidos a la enfermería y tan pronto se
recuperaban regresaban al entrenamiento.
La mayor parte de los días no se podían bañar porque los oficiales
decían que no había agua, y cuando llegaba, solo disponían de diez
minutos para bañarse todos los reclusos juntos bajo unas pocas llaves de
salida del preciado líquido, o al menos mojarse un poco el cuerpo para
refrescarse y desprenderse de la tierra adherida al cuerpo durante días,
sin ninguna clase de jabón o shampoo. Lo anterior provocaba una fuerte
competencia por obtener el agua, riñas, y la humillación que caracteriza
a estos métodos de desmoralización del ser humano.
A los pocos días de estar allí, en los pies se formaban ampollas muy
dolorosas, pero los soldados eran obligados a ponerse las botas a como
diera lugar y cumplir con el entrenamiento diario de 12 horas. Para que
un recluso pudiera permanecer en la enfermería por algunos días
completos, debía estar realmente en muy malas condiciones, o fingir muy
bien.
El horario de almuerzo duraba unos pocos minutos, que realmente eran
más que suficientes para consumir la poquísima comida que les daban y de
muy mala calidad, por lo que perdían peso muy rápidamente. Yo conocí
personas que regresaron a la semana de estar en un CEIS y era muy
significativo su adelgazamiento y las ojeras características. Si estaban
allá por 15 días, o más, regresaban irreconocibles.
Normalmente, la primera vez que llevaban a un soldado a un CEIS era
por una semana y era más que suficiente para que aprendiera la lección y
se comportara de ahí en lo adelante “correctamente”. Pero si eso no
ocurría, eran enviados por segunda vez y por 15 días. Si reincidían,
regresaban por tres semanas, o en el peor de los casos por un mes,
aunque era poco común. En estos lugares no había visitas, ni llamadas
telefónicas, ni ningún tipo de contacto con el exterior, hasta que
regresara el jeep de su unidad a recogerlo, cuando lo entendieran sus
superiores. Dicen que se sentía una gran alegría al ver a los oficiales
que venían a buscarlos, una mezcla de felicidad y odio.
Si en algún momento del entrenamiento no rendían lo suficiente, eran
ofendidos por los sargentos instructores que dirigían el entrenamiento, y
en caso de que se negaran a obedecer eran golpeados por algunos de
ellos, hasta que entraran en razones o terminaran en la enfermería. Se
dice que fueron muchos los jóvenes cubanos que no aguantaron estas
barbaridades y se suicidaron en aquellos famosos
campos de concentración conocidos como: “CEIS”.

Jóvenes reclutas del Servicio Militar Obligatorio
En el caso de soldados indomables, que a pesar de visitar varias
veces los CEIS reincidían en su rebeldía, como también los desertores de
las FAR, eran juzgados ante un tribunal militar y condenados a cumplir
sus sentencias en la prisión conocida como: “Ganuza”, por períodos de
seis meses, un año, año y medio, o hasta por la totalidad del tiempo que
les restara de Servicio Militar.
De los CEIS poco se habla o se conoce, pero eran mucho más duros y
abusivos que los primeros campos de concentración castristas de los años
1960: las UMAP.
Andy P. Villa es autor del libro: “
Memorias de 100 y Aldabó, la Prisión más Temible de Cuba“
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Cubanet