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lunes, 14 de enero de 2013

"Chávez puede gobernar su país ya no digamos en estado de sitio, sino incluso en estado de coma."

Viva Chávez (así muera)

 

Por Daniel Samper Ospina

OPINIÓN 

Dicen que ha perdido la conciencia. La noticia sería que alguna vez la tuvo.

 

Viva Chávez (así muera).
 
Siempre he admirado al presidente Chávez y por eso sentí pavor cuando Juan Manuel Santos lo declaró su nuevo mejor amigo. No es por criticar, pero cualquiera sabe el peligro que encarna volverse amigo del presidente Santos. Miren al pobre Uribe, a quien acaban de reabrirle un juicio innecesariamente, porque cualquiera sabe que Uribe ya perdió el juicio. Y miren al buen Chávez, casi alma bendita, protoespíritu en trance sobre cuya muerte se especula todos los días en las redes sociales.



Hace apenas unos meses cantaba victoria sobre su cáncer de recto y se enfrentaba a los dos retos más grandes de su presente: propagar la gran revolución socialista por toda Latinoamérica y evitar la pañalitis. Pero todo es frágil, amigos, y esta vez ni siquiera pudo posesionarse; y hoy por hoy no es claro quién heredará, ya no digamos sus banderas, sino su sudadera, al menos, que será exhibida en el gran museo bolivariano cuando sea menester –dios quiera que no– honrar su gloria.

Aún me parece verlo, enérgico y sobrepuesto a su primera operación. “Este hombre está hecho con la materia de los inmortales”, me dije: “Como el ave Fénix, como Bolívar: como José Galat”. La única queja que emitió cuando se enteró de su enfermedad era conmovedora y humilde: “Dame tu corona, Cristo, dámela, que yo sangro”, imprecaba, ante un Juan Fernando Cristo estupefacto que no tuvo más remedio que ir al odontólogo, efectivamente, para cederle una corona al comandante.

Sin embargo, Chávez resurgió de sus cenizas y se lanzó a las elecciones con más vigor que nunca. “¡Grande, Chávez! –exclamé frente al televisor–: ¡se creció en la enfermedad!”. Y lo decía literalmente: estaba muy crecido, especialmente en el abdomen. La plaza en que inscribió su aspiración parecía a punto de reventar, al igual que su papada. En ese entonces persiguió, con razón, al canal  Globovisión, cuyo nombre parecía una burla al tamaño de sus cachetes, y recibió con agrado la blusa de Pipona´s que Santos le envió como gesto de amistad entre los dos países.

Pese a todo, los analistas presagiaban que el comandante iba a verse afectado por la inflación del país. Pero –gloria a dios– sucedió lo contrario: fue el país el que se vio afectado por la inflación de Chávez, y el comandante resultó reelegido. No le hizo mella la escasez de productos que reinaba en Venezuela; ni siquiera el anuncio de que se había agotado el papel  higiénico: recursiva, la gente se limpiaba con lo que podía, incluyendo a los líderes chavistas, que lo hacían con la Constitución: finalmente, la Constitución es un mero formalismo. 

Resultó reelegido, sí, pero la vida es frágil. Y ahora corren rumores de que el comandante es un precadáver que esconden en La Habana. Algunos afirman que su salud es estacionaria; que incluso ha perdido la conciencia. Pero son malintencionados comentarios de la oposición: la verdadera noticia, en ese caso, sería que alguna vez la tuvo. 

Como resultaría paradójico que la ausencia del comandante desate una lucha intestina –ahora que de luchas intestinas él mismo nada quiere saber–, aprovecho este espacio para lanzar una petición al pueblo venezolano: mi petición es que acepten lo que dijo el Tribunal Supremo de Justicia y hagan de cuenta que no sucede nada. Permitan que el comandante siga ejerciendo la Presidencia como está. La salud, si uno lo mira bien, es un mero formalismo. No es necesario que el presidente esté sano. Aún más: no es necesario que esté vivo, como en el caso de Fidel. Chávez puede gobernar su país ya no digamos en estado de sitio, sino incluso en estado de coma. 

Seamos francos: ninguno de sus herederos le llega a los talones. Maduro está muy biche, si me celebran el juego de palabras. Y un país que pretenda ser serio no puede permitir que lo gobierne alguien llamado Diosdado Cabello: ¿a quién se le ocurre llamarse de semejante manera? ¡Parece el anuncio de un milagroso remedio capilar! ¿Por qué no lo llaman Regaine, directamente? ¿Quién será el nuevo embajador, el exmagistrado Valencia Copete, acaso? ¿No parece todo una tomadura de pelo? ¿Dónde estaba Cabello cuando el comandante se quedó calvo en la quimioterapia?

Me dirán que alguien que tiene un pie en el más allá no puede ejercer el poder. Pero Navarro Wolff también tiene un pie en el más allá y es de lo mejorcito de la izquierda. Y si es verdad que Chávez necesita estar conectado a un aparato para sobrevivir, qué mejor que ese sea al aparato estatal, que él mismo se encargó de remodelar a su justa medida.

Nadie puede negarlo. En estos momentos el comandante al fin se comporta como un estadista: luce sereno y calmo, como nunca. No da alocuciones eternas; no enriquece amigos; no entona joropos ni comenta sus problemas estomacales en la mitad de un discurso. No persigue medios de comunicación ni abraza guerrilleros; no expropia empresas ni amedrenta opositores. Estamos, amigos, ante el mejor Chávez. Permítanle continuar en ese estado. Me dirán que no está en sus cinco sentidos: nunca lo estuvo. Me dirán que es posible que haya muerto: no importa. De todos modos él siempre se creyó un mandatario del otro mundo. Y estar vivo, en el fondo, también es un mero  formalismo.

Publicado por Semana

viernes, 28 de septiembre de 2012

Laureano Márquez: El Miedo






¡Qué curioso, qué extraño, qué coincidencia!”, como diría Ionesco, el del teatro del absurdo, en la novela Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, un emblema literario de lo que significaron para Venezuela los años terribles de la dictadura de Gómez, se enfrentan dos personas y también dos visiones del mundo: Doña Bárbara (la barbarie) y Santos Luzardo (la santa luz), la civilización representada por el derecho, la ley, la justicia (recordemos que Santos es abogado) y el atraso que simbolizan los métodos brutales de Doña Bárbara, amén de su afición a ritos, brujerías y supercherías de todo tipo. Se enfrentan también el poder de dos hatos, “El Miedo” y “Altamira”. Los nombres tampoco aquí son casuales. Venezuela se ha debatido siempre entre las altas miras de un país democrático, plural, con progreso y justicia y el país de un caporal que nos conduce como si fuéramos peones de su hacienda, maltratando, agrediendo y pisoteando (y esto ha pasado tanto en democracia como en dictadura). Para esto último, fomentar el temor y asustar es fundamental, de allí que Doña Bárbara rebautice “La Barquereña” como “El Miedo”.
En esta campaña electoral, entre tantos, uno puede percibir claramente que se fomentan tres miedos: · El miedo a perder los logros que un sector de la población ha conseguido. Si gana Capriles te quitarán las misiones, las becas, el puesto, porque el candidato opositor representa a los ricos y odia a los pobres y tiene además un verdadero plan que no es el que dice, sino otro, neoliberal, un paquetazo.
· El miedo­ si tienes intención de votar por la oposición­ a que descubran por quién votaste y eso haga que no consigas aquello que el gobierno te ha prometido: vivienda, trabajo, misiones, etc.

También el miedo a que pierdas todo lo que has recibido, a que por votar te boten del trabajo y muchos más. Para ello conviene que la gente crea que se puede saber por quién votó.

· El miedo a la ingobernabilidad.

Este es un miedo dedicado fundamentalmente a los sectores medios de la población. Por ello se dice que si gana Capriles habrá guerra civil. Se trata de una amenaza muy particular, porque para que haya guerra deben enfrentarse dos grupos armados. Si solo un grupo tiene armas este enfrentamiento no es guerra sino masacre.
A estos miedos hay que responder: 1) Seamos honestos, Capriles va a tener tan complicada su gestión de gobierno, que digamos que no creyera en la política social, lo que es falso, lo que menos convendría a su gobierno es echar para atrás los avances que hayan podido experimentar los más desfavorecidos; más aún, seguro tendrá que aumentarlos y mejorarlos para frenar el auge de la pobreza. Por otro lado el discurso contra la riqueza le queda falso al poder porque si en algún tiempo se ha fomentado la riqueza fácil ha sido en este.
2) No temas que nadie va a saber por quién votaste. Un gobierno al que se le pudre la comida y se le olvida colocar pararrayos en los tanques, un gobierno que no puede arreglar un puente ni tapar los huecos de las calles, ¿cómo va a saber por quién votaste? 3) No puede haber guerra civil y menos masacre. Para la primera se necesitan dos bandos armados. Así que al menos que sea ejército contra pranes, ninguna guerra puede venir; menos una represión brutal contra sectores de la población, porque nuestra FAN nunca será instrumento de tales desafueros.
Sí, el hato El Miedo existe y asusta, pero en toda historia hay un momento en el que la gente se cansa, se harta de ser herida y se sacude el temor, se limpia el polvo del abuso y continúa adelante construyendo sueños.
Al final, quien tanto te asusta lo que está tratando de decirte es que tiene también demasiado miedo. Liberémoslo de ese miedo el 7-O, démosle unas merecidas vacaciones, a él y al culillo.


Publicado por La Patilla

miércoles, 19 de septiembre de 2012

C.A.Montaner: "...el principal enemigo del régimen es el propio estilo de Gobierno castrista, con su histeria permanente..."

Cuba o la fallida invención de la realidad

Carlos Alberto Montaner
Miami
¿Cuál ha sido la única victoria del aparato de propaganda del régimen castrista?




'La niña', de la serie 'Exodus, una página extraviada de la historia', sobre la crisis de los balseros,
 en 1994. (WILLY CASTELLANOS, La Habana, 1994)



Jean-François Revel, el gran pensador francés, solía asegurar que la primera función de los gobiernos totalitarios era ocultar la realidad. Eso es cierto, pero el objetivo quizás es todavía más siniestro y complejo: construir y proyectar una falsa realidad en la que deben creer ciegamente todas las personas sujetas a su autoridad, so pena de recibir severos castigos si muestran alguna duda.
La expresión "aldea Potemkin" recoge una parte de esa prestidigitación política. En la segunda mitad del siglo XVIII, en época de Catalina II de Rusia, le encargaron al mariscal de campo Gregori Potemkin, amante y probablemente consorte de la emperatriz —nunca se ha precisado si hubo o no boda—, que modernizara y adecentara los miserables pueblos del interior del enorme país.
De acuerdo con una leyenda propagada por los alemanes y luego repetida por todo el mundo, el mariscal, que era una especie de Eusebio Leal ruso, como no disponía de muchos recursos, se dedicó a maquillar las aldeas, remozando algunas fachadas, para ocultar la verdadera miseria que aquejaba a los pobladores.
El objetivo era muy sencillo: demostrarle a la emperatriz su capacidad como funcionario competente y probar las bondades del Imperio ruso en su trato benévolo con la población rural de la nación.
La verdad y la realidad no tenían ninguna importancia. Lo fundamental era la percepción. En este caso, la percepción de Catalina la Grande y de los pocos viajeros a los que la arisca corte rusa autorizaba a visitar el hermético país.
En el caso del totalitarismo cubano, ya ni siquiera se trata de construir una aldea modelo para confundir a los nativos (algo imposible después de 53 años de calamidades y desastres, donde Fidel reconoce que el sistema no funciona y Raúl admite que ni siquiera puede aportarle un vaso de leche a los niños mayores de siete años), sino de armar un enorme "Sofisma Potemkin" para defender lo indefendible con palabras y datos arbitrariamente elegidos o adulterados.
De esa indigna tarea se ocupa el Departamento Ideológico del Partido Comunista Cubano, dirigido por un coronel del Ministerio del Interior llamado Rolando Alfonso Borges, con el auxilio del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos y el Departamento de Orientación Revolucionaria.
A la construcción del "Sofisma Potemkin" cubano se dedican directamente casi 500 agentes, a los que habría que agregar los millares de colaboradores que trabajan en las estaciones de radio, en los periódicos, en los blogs oficiales y extraoficiales, más numerosos estudiantes de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), verdaderos guerreros de internet consagrados a denigrar a los adversarios y a difundir los mensajes del régimen.
¿Cuántas personas se emplean, pues, en las labores de maquillaje de la dictadura y en disfrazar y apuntalar la dura realidad cubana? Literalmente, son miles. Miles de ciudadanos improductivos, fabricantes de falacias y sofismas, que viven y medran del trabajo de sus compatriotas sin agregar absolutamente nada al bienestar colectivo.
¿Cuáles son las líneas maestras de sus constantes y enormes campañas de información, desinformación y deformación?
Sus mensajes están estructurados en torno a tres simples ejes:
  1. Los enemigos del régimen son siempre unos canallas al servicio de la CIA que juzgan críticamente a la revolución porque les pagan para ello. Son anticubanos porque ellos, los comunistas, son Cuba. A partir de esa premisa, los empleados y colaboradores de los predios del coronel Rolando Alfonso Borges montan sus campañas de demolición de la reputación de sus adversarios.
  2. La sociedad cubana, naturalmente, no es perfecta, pero es mejor que el resto del mundo porque los niños estudian y todos tienen acceso a la salud y a los deportes. Sería una sociedad mucho más próspera en el orden material si los pérfidos yanquis levantaran el criminal bloqueo.
  3. El capitalismo, y especialmente EE UU, ha creado un modelo injusto y egoísta en el que los ricos lo poseen todo mientras los pobres viven en medio de la violencia y la indigencia. Cuba no puede ni debe volver a ese salvaje modo de entender las relaciones entre la sociedad y el Estado.
¿Ha tenido éxito esa pertinaz campaña de propaganda y ataque que ya dura más de medio siglo? No, si se juzga ecuánime y asépticamente, como hace The Anholt-GfK Roper Nation Brand Index, una entidad dedicada a medir la percepción exterior de las naciones con arreglo a seis categorías:
  • Calidad que se le supone a su producción y exportaciones
  • Presumible competencia y eficiencia del Gobierno
  • Aprecio por su cultura y tradiciones
  • Reputación general de las personas (el estereotipo nacional)
  • Interés turístico
  • Hospitalidad con los turistas o con los inmigrantes
De un total de 50 países escrutados en el 2011, por medio de más de 20.000 entrevistas realizadas en 20 naciones desarrolladas y en vías de desarrollo, Cuba ocupa el lugar 44, junto a estados que proyectan imágenes detestables como Nigeria, Irán y Arabia Saudita. En cambio, los diez países mejor apreciados, en ese orden, son diez prósperas naciones capitalistas: EE UU, Alemania, Inglaterra, Francia, Japón, Canadá, Italia, Australia, Suiza y Suecia.
Resultado nada sorprendente si recordamos que el Latinobarómetro, que año tras año escudriña y clasifica las percepciones de los hispanoamericanos, invariablemente coloca a los Castro y a Cuba a la cola de los líderes y naciones más admirados de hemisferio.
Incluso en un país como Venezuela, donde decenas de miles de internacionalistas cubanos alquilan sus servicios, un ochenta por ciento de la población (incluidos numerosos chavistas), una y otra vez asegura que no quiere para los venezolanos un sistema semejante al de Cuba.
¿Por qué ese rechazo generalizado? Para el círculo de poder dentro de Cuba, esa es la consecuencia de la labor desestabilizadora de la CIA o de los enemigos del régimen, pero no es cierto.
En rigor, el principal enemigo del régimen es el propio estilo de Gobierno castrista, con su histeria permanente, sus interminables marchas combatientes, sus carteles heroicos o amenazantes, su perpetua conflictividad contra EE UU, España o cualquier país con el que haya el menor roce.
Fidel Castro, que siempre confundió la política con el barullo y el argumento sereno con el chillido, que nunca logró superar el violento guirigay adolescente de sus años universitarios, cuando protestaba apedreando autobuses, robándose símbolos patrios, como la campana de La Demajagua, o, más grave aún, ejerciendo de matón entre sus condiscípulos, logró comunicarle a su gobierno esa calenturienta temperatura de crisis y sobresalto, generando fuera de la Isla el natural repudio de las personas normales ante cualquier comportamiento escandaloso.
Es realmente asombroso que Fidel, Raúl y el círculo de poder que los rodea nunca se hayan hecho unas preguntas elementales: ¿por qué el Gobierno cubano se comporta de una manera tan excéntrica y crispada? ¿Por qué las naciones exitosas y serias del planeta actúan de una forma distinta, sosegada, sin gritos, sin arrebatos patrioteros, sin desfiles en los que se gritan consignas idiotas? ¿No se dan cuenta (como tampoco lo advierte Hugo Chávez, otro pintoresco personaje) que ese clima de manicomio tropical puede despertar alguna curiosidad antropológica, pero nunca admiración genuina o deseos de emulación?

La percepción interior

¿Ocurre lo mismo dentro de Cuba? Quiero decir, ¿cómo perciben, realmente, los cubanos la situación del país y el estado en el que viven?
El aparato de propaganda castrista les propone algo insólito a sus súbditos: deben juzgar su realidad no por los síntomas objetivos de incomodidad y molestias que padecen u observan, sino por datos tan arbitrariamente seleccionados como el número de nacidos que sobreviven el primer año de vida, o por el hecho dichoso de que ya nadie muere de escorbuto o de poliomielitis en la tierra de José Martí.
Supongamos que eso es verdad, que en el país no hay dengue, y nadie muere por desnutrición, ni siquiera la docena de ancianos que hace un par de años murieron nada menos que de frío en el mayor hospital de dementes de La Habana.
Admitamos que la Isla, en suma, exhibe una población robusta y saludable. ¿Es eso suficiente para juzgar el contorno de una realidad social y política?
¿Cuáles son los elementos que, realmente, determinan el juicio sobre la realidad social y política de cualquier país?
Evidentemente, como en la Pirámide de Abraham Maslow, en la base de las jerarquía de las necesidades humanas, y por ende en sus percepciones más vigorosas, están los cinco elementos fundamentales que le dan sentido y forma a nuestra convivencia:
  • La alimentación y el suministro de agua
  • La vivienda
  • Las comunicaciones
  • El transporte
  • La ropa
Si en Cuba la alimentación y el suministro de agua potable, o cualquier tipo de agua, son una pesadilla; si el propio Gobierno admite que la mitad de las viviendas están en ruinas; si el objetivo de la policía política es escuchar clandestinamente los teléfonos, limitar el acceso a internet y perseguir la tenencia de antenas parabólicas para que no se pueda ver la televisión internacional, porque su propósito es que los cubanos no viajen al extranjero, ni se comuniquen con el exterior, ni sepan lo que sucede en el mundo; si el transporte urbano o interprovincial es una tortura lenta, escasa, cruel, sudorosa y multitudinaria; si las gentes apenas pueden comprar zapatos, camisas o vestidos porque no hay, o porque no disponen de dinero, ¿puede sorprenderse alguien de que los cubanos piensen que el Estado impuesto por el castrismo y el raquítico aparato productivo que ha logrado segregar son una mayúscula calamidad?
Oponerse y criticar ese bodrio no es un acto contrarrevolucionario contra la patria, sino la reacción perfectamente racional y predecible de cualquier ser humano medianamente sensato ante un tipo de Estado minuciosamente torpe y empobrecedor que lo condena a la miseria sin esperanzas de redención.
Pero, en todo caso, esas son carencias materiales ante las cuales el régimen, aún cuando a veces acepta su fracaso, propone una coartada espiritual para descargar responsabilidades: todas esas penurias, dicen sus voceros, son ciertas y en gran medida se deben al imperialismo yanqui, pero los cubanos, al contrario de las demás naciones del Tercer Mundo, especialmente las latinoamericanas, disponen de dignidad y ejercen fieramente su voluntad soberana.
Supuestamente, esas ventajas emocionales compensa los fracasos materiales.
En primer término, es difícil precisar en qué consiste la dignidad de una sociedad sometida a los caprichos de una clase dirigente que le dice lo que tiene que pensar, lo que puede leer, con quién puede reunirse, y si le autoriza o no a viajar al extranjero, como si los adultos cubanos fueran menores de edad, como no se cansa de denunciar Yoani Sánchez.
También es absurdo pensar qué tiene que ver la expresión soberana de todo un pueblo con una sociedad como la cubana, organizada en torno a un partido único sometido a la voluntad de un caudillo todopoderoso.
¿Se puede hablar de "soberanía popular" para describir una dinastía militar de carácter dictatorial controlada por una sola persona?
Pero concedamos, a los efectos del debate, que los cubanos son dignos y soberanos: ¿justifica el disfrute de esas emociones un estado de cosas tan atroz como la realidad material cubana?
Yo creo que no, pero aclaro que hay aspectos espirituales muy importantes para juzgar la calidad de vida de una sociedad, mas no son la supuesta dignidad y soberanía que la dictadura de los Castro le asigna a la realidad cubana, sino tres elementos totalmente ausentes de ese nefasto panorama:
  • Libertad. La libertad para tomar decisiones individuales sin la coacción del Estado, esto es, la libertad de elegir libremente cómo y dónde quiero vivir mi vida.
  • Movilidad social. Es decir, un clima cultural, educativo y económico que permita mejorar la calidad de vida sin necesidad de trepar por la estructura de un partido mediocre y sin ideas o reptar dentro de los límites siniestros del Ministerio del Interior, únicos destinos en los que se encuentra la posibilidad de hallar cierta prosperidad material.
  • Esperanzas. La certeza razonable de que la vida futura puede ser mucho mejor que la vida presente y superar con creces la que tuvieron los padres y abuelos.
Ninguno de esos tres factores intangibles, elementos básicos para formular un juicio benévolo sobre la realidad social y política de cualquier país, milita a favor de la revolución cubana.
En Cuba no hay vestigios de libertad, no hay movilidad social y no hay esperanzas racionales de mejorar la calidad de vida, hágase lo que se haga, como han comprobado tres generaciones sucesivas de cubanos.
En definitiva: si los esenciales cinco factores materiales tangibles de la vida, y los tres intangibles, están totalmente ausentes, por mucha propaganda que el régimen haga jamás logrará convencer a la mayoría de los cubanos de las supuestas bondades de ese cruel disparate.
No obstante, el aparato de propaganda del régimen sí ha logrado anotarse una victoria. Aunque, corazón adentro, no ha sido capaz de persuadir a la sociedad de las virtudes de ese modelo, porque es palmaria e inocultablemente desastroso, ha conseguido, sin embargo, convencer a los cubanos, especialmente a los jóvenes, de que no hay más solución que emigrar, aunque sea a tierras injustas y violentas, como las capitalistas, porque en ellas es posible vivir de mejor manera que en Cuba.
En definitiva, no hay más victoria que ese miserable logro: han construido una sociedad de personas desilusionadas y cínicas que ya no creen en Cuba, en nada, ni en nadie. Ese es el triste legado de los Castro y de las huestes propagandísticas del coronel Rolando Alfonso Borges. Deberían vivir abochornados del inmenso daño que les han hecho a los cubanos.

Publicado por Diario de Cuba