'El verdadero Fidel Castro' es un tipo de marihuana que te hace hablar sin parar. Hay más: cocaína, EPO, Parkisonil…
Policías en La Habana Vieja. (DESTINOCUBA.WORDPRESS.COM)
En un edificio desconchado, sucio y gris, de finales de los años 20
del siglo pasado, suele encontrarse Juan Antonio, joven con talla de
basquetbolista. Viste una bermuda ancha por debajo de la cintura que
muestra la marca de su calzoncillo boxer.
Los brazos atléticos, ejercitados en gimnasios caseros, están
cubiertos por sendos tatuajes con una leve intención artística. Gafas
muy grandes, onda retro. Camiseta de Lebron James, la estrella de Miami
Heat, y unas chancletas de cuero completan su facha, habitual por estos
barrios marginales y mayoritariamente negros.
Pasada las 10 de la noche, Juan Antonio comienza su faena. Vender melca o marihuana
yuma.
Aparentemente está tomando la brisa nocturna en la entrada del derruido
y colmado edificio multifamiliar. Pero no, espera a sus clientes.
Los primeros en llegar son los "faranduleros", como les dicen a los
seguidores de la farándula habanera. Chicos conocedores del itinerario
exacto de los reguetoneros. El lugar y la hora donde van sonar.
La transacción es un pase rápido. Los jóvenes desean adquirir tres
gramos. El expendedor tiene separado minúsculos paqueticos de a gramo.
Una mano entrega 150 pesos convertibles y fugazmente Juan Antonio, como
devolviendo el saludo, les deja caer tres pequeños envoltorios de papel
blanco con cocaína.
Es fin de semana. Y los consumidores habituales de La Habana nocturna
acostumbran pasar por el negocio de Juan Antonio, a quien las noches
movidas le dejan un buen margen de ganancia.
"Existe ya una clientela fija, enganchada en 'halar polvo'. Son gente
de nivel o con amplias entradas de dinero. Músicos, reguetoneros, hijos
de papá, jineteras y extranjeros de paso por la ciudad. Lo difícil no
es vender. Es tener los ojos bien abiertos para otear a la 'moná'
[policía]", apunta Juan Antonio mascando un chicle.
Ciertamente la policía se la pone difícil. A toda hora, por las
calles de Centro Habana caminan policías especializados vestidos con
uniformes negros y enormes perros pastores alemanes.
Son los principales enemigos de tipos como Juan Antonio. Si los
pillan vendiendo drogas pasarían una larga temporada tras las rejas. Las
sanciones pueden llegar a 30 años. Y hasta a cadena perpetua.
Pero Juan Antonio se la rifa. "No tengo otra manera de buscar dinero.
Es lo único que sé hacer. Como jugar a la ruleta rusa. La fama de tu
producto puede traer una cola de policías. Si no tienes clientes no
tienes dinero. Es muy arriesgado, pero tengo tres niños que mantener".
Cuando se le pregunta de dónde y cómo obtiene la droga, Juan Antonio
se enoja. "Coño, un periodista es lo más parecido a un policía. Eso no
te lo voy a decir. Bastante tienes con poder contar tu historia", dice. Y
se marcha a atender a un cliente que acaba de llegar con tres risueñas
chicas en un cuidado auto americano de los años 50.
Extraoficialmente, se sabe que los incipientes carteles de drogas
habaneros obtienen el suministro de los recalos de droga que con
frecuencia arriban a las costas cubanas.
Pescadores, reclutas o gente de la zona no siempre entregan toda la
droga incautada. Desvían una parte. Y es que una simple bolsa de cocaína
colombiana deja tanto dinero que marea.
"Las personas tienen sus necesidades. Quieren reparar su casa. Tener
artículos electrodomésticos de primera. Y dinero debajo del colchón para
casos de urgencias. Entonces buscan a gente como yo, que de manera
razonable les paga la melca extraviada", señala en voz baja un hombre
dedicado a la compra y venta de drogas al por mayor.
La Habana aún no es una ciudad donde se muevan grandes cantidades de
cocaína. Por su alto costo, entre 45 y 50 cuc el gramo, es una droga al
alcance de un segmento reducido.
Pero si usted quiere 'volar', siempre encontrará una fórmula. En la
Calle 23, en plena Rampa, se encuentra la discoteca llamada La Gruta,
una de las preferidas de los reguetoneros de moda. La entrada cuesta
entre 5 y 10 pesos convertibles.
Esta noche canta El Micha, uno de los pesos pesados del reguetón en
Cuba. Los usuarios desbordan la sala. Muy cerca de la barra, Arturo
vende pastillas de Parkisonil a 20 pesos la unidad. También marihuana
criolla a 25 pesos el cigarrillo.
"A la gente le gusta ponerse rica al ritmo del reguetón. Cualquier
cosa es buena. Ketamina, Maicon, Parkisonil u otra pastilla que
arrebate", dice Arturo con las pupilas dilatadas.
No es raro que un adolescente habanero de 15 años alguna vez haya
probado sicotrópicos o fumado un porro de marihuana criolla, la más
barata. La
yuma suele costar entre 4 y 5 cuc, un pequeño
envoltorio que da para liar un par de cigarrillos. Los fumadores
aseguran que es de mucha más calidad que la local.
A los cigarros de marihuana siempre les han puesto nombres
rimbombantes: "la patá de King Kong", "Black Bird, el pájaro amarillo", o
"el verdadero Fidel Castro", un cigarrillo que según los marihuaneros
de vieja data, cuando se hace un bazuco ligado con polvo, hablas tanto o
más que el comandante en sus buenos tiempos.
En ese mundillo te puedes encontrar otra clase de adictos. Como
Sheila, una farandulera que dice haber probado —y preferir— pastillas de
diseño EPO, que suelen venir en los bolsos de turistas europeos.
Las leyes cubanas, de un tiempo acá, tratan al consumidor como un
enfermo o enajenado. Pero la frontera entre el que vende y consume es
muy tenue. Si te pillan con 10 cigarrillos te pueden empapelar, aunque
jures que la yerba era para consumir.
Desde finales de los años 90, los servicios especiales han montado
fuertes operativos en un intento por frenar el auge de las drogas en La
Habana nocturna. Ha habido períodos en que su venta disminuyó. Pero como
un dragón de múltiples cabezas, vuelve a resurgir.
"Es lo atractivo de lo prohibido. La policía arriba de ti y la gente arriba del 'lío' [droga]", confiesa Juan Antonio.
"¿Cómo resolver los problemas de la vida diaria? Como no se pueden
resolver, entonces lo mejor es estar en las nubes", afirma Arturo,
mientras camina despacio por La Rampa junto a varios amigos.
Hace rato dieron las tres de la madrugada, cargan varias botellas de ron añejo, un
magacín de Parkisonil y dos cigarrillos de marihuana. Han tenido una noche caliente entre reguetón y sicotrópicos.
Ahora esperan el amanecer sentados en el muro del malecón, con una
resaca de mil demonios. Relajados y distantes. Eufóricos, eso sí. Es su
manera de escapar.
Publicado por
Diario de Cuba